Yo le llamo mi pueblo, me encanta decirlo así “Mi pueblo”. Ya se que no he nacido aquí, pero mis hijos sÍ y eso pesa. Ya se que no es un pueblo, como el de mis abuelos, en Extremadura, abandonado en los años duros por los hombres y mujeres jóvenes, que querían mejorar sus vidas, salir de esa pobreza de todo, de lo material y de lo otro, que ahora sigue en pie pequeño y coqueto, remozadas algunas de sus viejas casas, por los hijos y nietos que no quieren perder sus raíces, con una “casa rural” antigua pero moderna, los lavaderos de piedra del rio reconstruidos cómo atracción turística, donde mi abuela  lavaba la ropa de los “señores” para sacar a sus hijos adelante y se le pelaban las manos de frio, pero también dónde se reían a carcajadas con las “cosas de la fulanita” o lloraban compartiendo penas…  Ni el de mi suegra, en Castilla-León, en la mismísima Ribera del Duero, con sus campos de viñedos, sus bodegas prestigiosas, su lechazo, su castillo y su gran historia de conquistas y reconquistas, que tampoco crece, que a pesar del boom del turismo gastronómico, el culto al vino, las visitas guiadas a bodegas y la cercanía a grandes ciudades, sus jóvenes “emigran”, se está despoblando y salvo en verano y los fines de semana o  en sus famosas fiestas, pasear por su centro histórico es un pelín deprimente, locales cerrados y soledad.

 

Nuestro pueblo es otra cosa, está vivo, crece día a día. Y eso lo he visto con mis propios ojos y ha sido fascinante. Cómo ha pasado de ser unas “casitas blancas” bordeando la carretera hacia  El Escorial, (mis amigos de Valdemorillo le llamaban el pueblo “zombi”, porque parecía abandonado, cuando pasaban por la noche camino de sus Chalets de fin de semana) evidentemente reconstruido, dónde al parecer,  no hay nada en pie anterior a la guerra civil (reconozco que no se mucho de ese tema, solo las historias de parcelas que han tenido que volar nidos de ametralladoras, o mucha gente, mi padre y mi hermano incluidos que encontraban bayonetas, cartuchos… en sus paseos por los campos,  pruebas y testigos de momentos terribles de nuestra historia que esperamos y pondremos todo nuestro esfuerzo en no volver a vivir nunca, nunca, nunca.) a ser una verdadera “urbe” llena de vida, de jóvenes de muchas nacionalidades, estudiantes de paso o residentes permanentes, de familias que han construido su nido definitivo, como la mía y que salvo por el pequeño inconveniente de la distancia a nuestros puestos de trabajo en la gran capital algunos, o lo caro que es el transporte público y su inexistencia a partir de ciertas horas, lo que deja nos deja un poco aislados por la noche, tenemos un pueblo muy bonito, con amplias avenidas, zonas verdes, deportivas, etc.

 

Llevo casi la mitad de mi vida viviendo aquí y  sinceramente no creo que haya un lugar mejor, para mis necesidades, claro que siempre soñamos con  utopías:  Vivir cerca del mar, (Donosti es nuestro sueño,  de mi marido y mío, pero habría que vernos con el chirimiri eterno y cien días seguidos sin ver el sol) o en el centro, centro, zona tipo Goya o Retiro, en un super piso de techos altos y balcones con geranios, sin necesitar coche para nada y con museos y teatros a tiro de china. Pero es que ni de esto último  podemos quejarnos los vecinos de Villanueva de la Cañada, la oferta cultural es bastante atractiva no?  Como soy un poco despistada me pierdo muchas de las obras  de  teatro del Centro Cultural, porque siempre me entero tarde, la verdad. Pero he visto muchas, me encanta el teatro, vamos también a Madrid a ver teatro y musicales  y salvo los precios que son más asequibles en nuestro pueblo, o algúna puesta en escena muy espectacular de la que obviamente no podemos disponer, disfruto igual en ambos escenarios.

 

Por todo esto y dadas las fechas 25 DE JULIO DE 2018, que sirva esta pequeña recopilación de mi muy personal punto de vista sobre nuestro pueblo, como un homenaje a este lugar que nos ha acogido con los brazos abiertos y donde cada uno, dentro de sus posibilidades, somos felices.

 

GRACIAS  Y FELICES FIESTAS A TOD@S